Mostrando entradas con la etiqueta textos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta textos. Mostrar todas las entradas

jueves, 24 de septiembre de 2015

FILOSOFÍA. El pecado político de querer ser como Dios (Andrés Carmona)

11:00 8 comments





“La serpiente era el más astuto de todos los animales del campo que Yahveh Dios había hecho. Y dijo a la mujer: «¿Cómo es que Dios os ha dicho: No comáis de ninguno de los árboles del jardín?». Respondió la mujer a la serpiente: «Podemos comer del fruto de los árboles del jardín. Mas del fruto del árbol que está en medio del jardín, ha dicho Dios: No comáis de él, ni lo toquéis, so pena de muerte.». Replicó la serpiente a la mujer: «De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal». Y como viese la mujer que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría, tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido, que igualmente comió. (…) A la mujer le dijo [Dios]: «Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con dolor parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará». Al hombre le dijo: «Por haber escuchado la voz de tu mujer y comido del árbol del que yo te había prohibido comer, maldito sea el suelo por tu causa: con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida. Espinas y abrojos te producirá, y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque eres polvo y al polvo tornarás»”. (Génesis, 3: 1-6, 16-19).


El mito del pecado original es uno de los mitos fundacionales de las tres religiones del Libro (judaísmo, cristianismo e islam). En él se narra cuál fue ese pecado original y sus consecuencias. El pecado, desobedecer la orden de Dios: “Y Dios impuso al hombre este mandamiento: «De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio.» (Génesis 2, 16-17). Las consecuencias: el dolor y el sufrimiento. Para los hombres, trabajar fatigosamente para poder comer. Para las mujeres, parir con dolor.

El pensamiento conservador ha hecho de este mito una ley natural sancionada de modo divino: el trabajo debe ser duro y es el precio a pagar por la comida. Pablo de Tarso lo recuerda: “Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma” (2 Tesalonicenses 3, 10). De ahí a considerar la pereza como un vicio moral y un pecado capital hay un paso. Así como a considerar el sufrimiento como algo natural e irremediable, e incluso como una prueba divina, que hay que aceptar con resignación e incluso con cierta satisfacción. Por otro lado, resulta lógico en este esquema la condena de todo tipo de hedonismo o filosofía que aspire al placer, al ocio o a liberarse del dolor y el suplicio. Supondría una manera de querer escapar al designio divino y a la maldición que debe acompañar al ser humano todos los días de su vida.

En cuanto al pecado en sí, nótese que consiste en querer ser como Dios. Es decir, en rebelarse desde el estado dependiente y subordinado de criatura al estado independiente y horizontal de ser dioses. Si Adán y Eva fueran dioses, eso les colocaría a la misma altura de Dios y podrían mirarle cara a cara y tratarle de tú a tú en un plano de igualdad. Supondría salir del orden de la ley natural o divina para ponerse en el plano divino de creadores de esa ley: en vez de estar sometidos a ella, ser sus controladores. En vez de estar sometidos a una ley preestablecida del bien y del mal, de lo que es correcto e incorrecto, permitido y prohibido, colocarse en una situación de creadores de esa ley y poder decidir por sí mismos ese bien y mal: poder decidir de forma libre y autónoma el qué queremos sin someterse a la voluntad de otro (de Dios). Que no es sino otros de los pecados capitales: el orgullo y la soberbia. Lo contrario, la virtud, sería someterse a la ley divina o natural, aceptarla tal cual está establecida, y acomodarse a ella sin rechistar ni querer enmendarla. Como también dice Pablo de Tarso: “¡Oh hombre! Pero ¿quién eres tú para pedir cuentas a Dios? ¿Acaso la pieza de barro dirá a quien la modeló: «por qué me hiciste así»? O ¿es que el alfarero no es dueño de hacer de una misma masa unas vasijas para usos nobles y otras para usos despreciables?” (Romanos 9, 20-21).

Es interesante notar que este mito está relacionado, a su vez, con el mito precedente: el mito del Edén o del Paraíso perdido. Adán y Eva eran “felices” en el estado de “inocencia” previo al pecado original. Entrecomillo porque se trataba de una felicidad basada en la ignorancia, pues no otra cosa era esa inocencia: se supone que antes de querer ser como dioses todo iba bien, que no había dolor ni sufrimiento. Pero al querer ser como Dios y decidir por sí mismos aparecieron los males como consecuencia. Es decir, de no haber querido ser como dioses, y haberse sometido de forma acrítica a la ley divina o natural, todo habría ido bien.

Otro mito parecido, pero de la cultura griega, es el mito de Prometeo. En él, el papel de serpiente está representado por el propio Prometeo, el titán amigo de la humanidad y enemigo de los dioses, especialmente de Zeus, al que engaña varias veces en beneficio de los mortales. En una de ellas, Prometeo roba el fuego a los dioses y se lo regala a los seres humanos, de forma que estos ya no depende de la gracia divina para poder servirse de él. Por esto, Zeus lo condena a que lo encadenen en el Cáucaso a donde todos los días un águila acude a comerse su hígado que, como es inmortal, se le regenera de un día para otro y así su agonía se hace eterna. En cuanto a la humanidad, Zeus crea a una mujer, Pandora, la cual lleva consigo un ánfora con todos los males y que, al abrirla, condena a los seres humanos al dolor y al sufrimiento.

Como vemos, en ambos mitos los seres humanos dependen de los dioses y cometen el mismo pecado de acceder al conocimiento: saber cómo son las cosas y manejarlas, es decir, ser como dioses. Y en los dos, al obtener ese conocimiento vienen los males y las desgracias.

Podemos decir que la humanidad se ha dejado llevar por dos formas de entender estos mitos: por un lado, el pensamiento conservador que reniega de la ciencia y la tecnología como formas del pecado original y causas de calamidades. Es el pensamiento de que más vale no saber, ni mucho menos intervenir. Que lo mejor es dejar las cosas como están y apañarnos con lo que hay, siendo humildes y modestos, reconociendo nuestro lugar en el mundo y, sobre todo, sin querer ser como Dios. El otro tipo de pensamiento es el radicalmente opuesto, es el pensamiento prometeico o progresista. No solo es un pensamiento ateo sino impío: irreverente hacia los dioses. Los desdeña, los desafía. Se opone y se rebela a ellos porque quiere ser como ellos: quiere conocerlo todo, saberlo todo, y cambiarlo todo. Se rebela contra los dioses porque quiere ser como Dios: ser omnisciente y omnipotente como él.

Este pensamiento prometeico y pecaminoso es progresista porque está convencido de que la humanidad, por sí sola y sin ayuda de Dios (e incluso en contra de él) es capaz de avanzar y mejorarse a sí misma gracias a la ciencia (al conocimiento) y a la tecnología (la aplicación de ese conocimiento). Progresismo viene de progreso, de ir de lo peor a lo mejor, significa mejorar, perfeccionar. El conservadurismo es lo inverso: el mito del pecado original y del Edén perdido son incompatibles con el progreso. No se puede ir a mejor porque la humanidad ya estuvo en ese estado de perfección que era el Edén perdido. Y desde luego que la ciencia y la tecnología no nos hacen mejores sino que nos alejan más de ese estado de inocencia (ignorancia) ya que ellas fueron la causa de la caída. Cualquier cambio es a peor porque nos aleja del estado originario: si partimos de lo mejor, cualquier cambio es a peor.

El progresismo ha intentado retar a los dioses y mostrar que puede apañárselas bastante bien por sí mismo. Incluso más: que puede escapar a sus castigos y maldiciones. Especialmente el dolor y el sufrimiento. La ciencia y la tecnología no han hecho otra cosa que combatir las maldiciones divinas. El conocimiento científico de la realidad nos ha permitido tecnologías que nos liberan progresivamente del trabajo más penoso (del sudor de la frente) mediante la automatización y la robotización. Y gracias a la medicina científica y las tecnologías en el ámbito de la salud, hemos reducido a límites mínimos la mortalidad infantil y hemos aumentado la esperanza de vida. En unos siglos, hemos pasado de un escenario “natural” en el que la población se mantenía reducida con una alta mortalidad infantil y un máximo de 40 años, a otro más “artificial” en que la población se multiplica exponencialmente y la gente espera vivir más de los 80 años. Y donde los seres humanos pueden hacer cosas que se pensaban que eran exclusiva de dioses: volar, viajar a distancias inmensas, desplazarse a velocidades increíbles, explorar los cielos y el subsuelo, escudriñar lo inmensamente grande (las galaxias) y lo inmensamente pequeño (los átomos), controlar y erradicar las enfermedades, prever y reducir el impacto de las calamidades naturales (terremotos, inundaciones…).

Poco a poco hemos ido comiendo de más y más árboles de la ciencia y robándoles más fuego a los dioses, expulsándoles así de más y más dominios e independizándonos de ellos. Podemos explicarnos los cielos sin ellos perfectamente, de eso se ocupó la revolución científica desde Copérnico y Galileo. Sabemos explicarnos la vida como un fenómeno material más: de eso trató la química orgánica. Comprendemos el origen del universo y del ser humano como una especie evolucionada y en evolución. Y las neurociencias, al estudiar el cerebro, están eliminando el último mito que quedaba: el del alma y la espiritualidad. Al mismo tiempo, las biotecnologías están echando a los dioses de lo que antes era su reino absoluto sobre el control de la vida: comprendemos la química orgánica y la genética. Y somos capaces de intervenir en los genes y mejorar la especie humana.

Las biotecnologías son el último pecado al que por ahora se ha atrevido el progresismo prometeico e impío. Biotecnologías que nos permiten intervenir en lo que hasta ahora era el dominio inexpugnable de Dios o la naturaleza. Podemos cambiar genes, combinarlos, crear especies y organismos nuevos, clonarlos, mejorarlos. Podemos ser como Dios.

Frente a las biotecnologías y en su contra se alza el pensamiento conservador en dos formas distintas. Una es la tradicionalmente religiosa que tal cual califica la manipulación genética del pecado de querer ser dioses. Otra es el pensamiento naturalista o ecolátrico, de ecolatría: religión consistente en adorar a la naturaleza como si fuera un dios. Es la forma de religión subyacente a ciertos planteamientos “ecologistas” (autocalificados como tales, porque la Ecología como tal es una ciencia que no tiene nada que ver) que al típico estilo agorero y pesimista “profetiza” desastres y calamidades por jugar a ser dioses con la diosa naturaleza en vez de adorarla y obedecerla con un estilo de vida más humilde y “natural”. Y que, por supuesto, se opone rotundamente a las biotecnologías y tecnologías de mejora genética. Para ellos, Frankenstein no es solo una novela sino una premonición: la humanidad caerá víctima de su soberbia y de la creación de sus propios monstruos. Los alimentos cada vez serán más tóxicos por transgénicos, el aire más irrespirable por los chemstrail, y en el agua pulularán peces de tres ojos por los vertidos nucleares del señor Montgomery Burns. Ejércitos de hítleres clonados someterán a la humanidad a la esclavitud. Entonces nos acordaremos de aquellos profetas que vivían de acuerdo a la naturaleza, con sus gafa-pastas totalmente naturales recién cogidas de los árboles, y resonarán sus palabras en nuestras conciencias: “¡Principio de precaución, principio de precaución…!”.

Es curioso constatar, con perspectiva histórica, que cada vez que ha habido un avance científico o tecnológico importante, ya sea la agricultura, la escritura, la imprenta, la máquina de vapor, el ferrocarril, la electricidad, los coches, los aviones, internet o las biotecnologías, la que sea, siempre ha habido agoreros que han profetizado en su contra. Que han dicho: hasta aquí sí, pero no más. Quitando a primitivistas que plantean volver literalmente al “paraíso perdido” de los cazadores-recolectores, los agoreros de hoy en día no plantean ir hacia detrás, sino no avanzar hacia adelante. Consideran que, casualmente, la humanidad de su generación ya ha llegado al límite donde razonablemente se podía llegar en ciencia y tecnología y que hay que parar ya, justo en este momento. Que la generación justo anterior todavía no había llegado al máximo pero que ya no es bueno ir a más. Es decir, cada generación de agoreros ve bien las tecnologías que ella misma sabe manejar, pero piensa que las novedosas serán las que nos lleven al desastre. En su día fue el ferrocarril, que decían que acabaría con los sembrados y los alimentos, y ahora los mismos que claman contra los organismos transgénicos alaban el ferrocarril como medio de transporte limpio y sostenible. Estoy seguro que los agoreros de dentro de cien años vociferarán contra otras cosas, pero que estimarán como algo natural la manipulación y la mejora genética que para ellos será tan normal como para nosotros internet (o a lo mejor el avance ha sido tan grande que las valorarán como nosotros hoy día al telégrafo).

Hubo un tiempo que la izquierda era progresista: atea, impía e irreverente con la religión y la naturaleza. En vez de agachar la cabeza ante dioses y leyes la erguía orgullosa, aún a riesgo de que se la cortaran, y les miraba cara a cara. Frente al desconocimiento y el fracaso no decía: “Solo Dios sabe, eso no me corresponde, eso es mejor no saber ni tocar”. Al revés, decía: “Todavía no lo sé, pero lo sabré; aún no puedo dominarlo, pero lo dominaré”. De esta forma, la izquierda abrazó la causa revolucionaria de la Ilustración, la ciencia y la tecnología. Leer a Marx o a Bakunin son ejemplos de este tipo de izquierda progresista y revolucionaria.

Hoy día florece otra izquierda. Una que ha rechazado el progresismo y a Prometeo, y ha abrazado el romanticismo y el mito del Edén y del pecado original. Que adora a Dios en forma de Naturaleza y le presenta su pío respeto sin querer ser como Ella. Que prefiere que los niños mueran de difteria en el primer mundo, o de difteria, polio y malaria en el tercero, antes que hacer algo tan antinatural como vacunarlos. Que prefiere que los agricultores pobres pierdan cosechas enteras antes que modificar genéticamente el grano para hacerlo resistente a plagas. Que prefiere “salvar” a células-madres antes que investigar con ellas para salvar (sin comillas)  a personas reales. Que prefiere hablar de espiritualidad en vez de laicismo.

Este giro anti-ilustrado y anti-progresista de cierta izquierda, la izquierda posmoderna y new age, deja la ciencia y la tecnología totalmente a merced del neoliberalismo, de forma tal que parece que defender los avances y progresos científicos y tecnológicos es ser de derechas o que lo “progre” es ser ¡anti-progreso! De todas formas, esperemos que esta moda posmoderna, new agey hippie-guay pase pronto en la izquierda y las aguas vuelvan a su cauce ateo y prometeico, aunque a algunos ya se nos está haciendo demasiado pesada esta moda tan estúpida.

Andrés Carmona Campo. Licenciado en Filosofía y Antropología Social y Cultural. Profesor de Filosofía en un Instituto de Enseñanza Secundaria.


jueves, 6 de febrero de 2014

FILOSOFÍA. AURELIO ARTETA. SI TODOS LO DICEN

"Los más mediocres no pueden ni siquiera imaginar lo que les supera; mejor dicho, están convencidos de que por encima de lo que a ellos les pasa no pasa nada.La señal más evidente es que no escuchan, no se interesan, nada esperan, nada quieren conocer. O sea, no suponen que pueda haber otros interrogantes, otros deseos, otras ocupaciones, otros saberes, otros placeres distintos o mejores que los suyos. Los de más abajo tienden a creer que el mundo acaba donde acaba su mundo. Dan por seguro que lo que alguien pueda contarles no va a ser cosa más interesante que lo que ellos le van a contar. Cuando dicen algo que sitúan un par de dedos por encima de su propia medida, no hacen más que apropiarse de lo que es ancestral patrimonio de la humanidad, pero ellos lo pronuncian como si fuera un descubrimiento personal. Siempre cabe la duda de si, en medio de esta estrechez, les asalta sin embargo el barrunto de otros mundos y de otras dimensiones de la existencia que tal vez en raras ocasiones llegan a vislumbrar. Pero entonces, por si acaso, algún presentimiento les pedirá rechazar esa ocurrencia, no sea que les obligue a afrontar su propia pobreza y la mayor riqueza ajena". SI TODOS LO DICEN (MÁS TONTOS TÓPICOS). AURELIO ARTETA.

martes, 7 de enero de 2014

FILOSOFÍA. NI PIENSAN NI QUIEREN QUE PENSEMOS. FERNÁNDO RAMPÉREZ

“Han metido del modo más grosero sus manazas en la más noble de todas las artes, el arte de educar”. Ése fue el diagnóstico con el que Nietzsche, un Nietzsche joven y combativo, juzgaba el sistema de bachillerato de su país en 1872. Contra la escasa sensibilidad de “pedagogos y políticos”, pedía que se educase especialmente para cuidar la lengua, apostaba por una educación “que consuma mucho tiempo” y reclamaba lectores pausados, detenidos y atentos que no midiesen continuamente todo en términos de ahorro o despilfarro de tiempo y que no confundieran la inteligencia con la propiedad. Las reformas que se están hoy aplicando y planeando en nuestro sistema educativo provocarían que Nietzsche volviese a manifestarse exactamente en los mismos términos: en ellas todo se evalúa en términos de eficacia y rendimiento económico, el valor de los programas educativos se mide según la “empleabilidad” de los alumnos, los profesores se convierten en programadores, los estudiantes aparecen como una materia prima que debe ser moldeada para adecuarse exactamente a las exigencias de un sistema económico cada vez más absurdo. Y, dentro de esas reformas, la enseñanza de la filosofía se va relegando y se hace de su estudio, cuando se consiente, un pasatiempo de excéntricos y nostálgicos completamente “inútiles” para la vida cotidiana. O incluso de peligrosos insurgentes.
El asedio a la filosofía se da en todos los niveles educativos. Continuamente leemos juicios políticos que desprecian el nivel de las universidades españolas por no aparecer en los primeros puestos de los listados internacionales. Nuestras universidades no producen premios Nobel, cierto, pero forman miles de médicos excelentes, cientos de buenos profesores cada año, decenas de arquitectos bien preparados y buenos ingenieros, todo ello con la mitad de presupuesto que las universidades primeras en los listados. Y forman, también, decenas de excelentes filósofos cada año, capaces de trasmitir su saber y apasionarse con la reflexión y con la lectura lenta y detenida de textos inabarcables. Mientras tanto, los políticos que nos gobiernan repiten sin cesar que la universidad debe adecuarse a la sociedad y producir los profesionales que ésta demanda, cuando parece obvio que lo que falta es un número suficiente de puestos de trabajo dignos, y faltan precisamente porque ellos se han encargado de destruir el porvenir de médicos, profesores, arquitectos, filósofos o ingenieros.
Y es que realmente resulta hoy subversivo hacer y enseñar filosofía: enseñar para leer de manera oblicua, para preguntarse al ver los telediarios qué nos están contando y por qué nos lo cuentan como nos lo cuentan, para plantearse pensamientos diferentes o para cuestionar el discurso oficial y asentado. No quieren ciudadanos que se pregunten cosas y lean entre líneas.La filosofía, y no sólo la filosofía, impide el conformismo, el pensamiento satisfecho y la comodidad de las consignas. La filosofía, como dijo Deleuze, odia la estupidez, no dejará de detestar la mediocridad intelectual imperante y jamás aceptaría repetir sin reflexión cosas como los “argumentarios” que los partidos políticos distribuyen entre sus dirigentes para decirles qué hay que pensar y repetir en los medios. Ciertamente, entonces, la filosofía no les resulta útil para sus fines: les resulta peligrosa. Tienen buenas razones para preocuparse y para arrinconarla, a la vez que convierten el sistema educativo en un proceso de producción de gente “empleable”.
El asedio a la filosofía se da en todos los niveles educativos. Continuamente leemos juicios políticos que desprecian el nivel de las universidades españolas por no aparecer en los primeros puestos de los listados internacionales. Nuestras universidades no producen premios Nobel, cierto, pero forman miles de médicos excelentes, cientos de buenos profesores cada año, decenas de arquitectos bien preparados y buenos ingenieros, todo ello con la mitad de presupuesto que las universidades primeras en los listados. Y forman, también, decenas de excelentes filósofos cada año, capaces de trasmitir su saber y apasionarse con la reflexión y con la lectura lenta y detenida de textos inabarcables. Mientras tanto, los políticos que nos gobiernan repiten sin cesar que la universidad debe adecuarse a la sociedad y producir los profesionales que ésta demanda, cuando parece obvio que lo que falta es un número suficiente de puestos de trabajo dignos, y faltan precisamente porque ellos se han encargado de destruir el porvenir de médicos, profesores, arquitectos, filósofos o ingenieros.
La persecución de la universidad pública continúa lo que había comenzado en los otros niveles educativos. Comenzaron cambiando las leyes educativas cada tres o cuatro años y obligando a los centros y a los profesores a reorganizar continuamente su trabajo, quitándoles tiempo para trabajar con sus alumnos y para sus alumnos; continuaron reduciendo plantillas y echando a interinos que llevaban años trabajando, destrozando vidas dedicadas a la enseñanza. Hicieron que los profesores impartiesen asignaturas para las que no estaban preparados. Regalaron y regalan terrenos y subvenciones a centros concertados o privados mientras asfixiaban y asfixian los presupuestos de los centros públicos y disminuyen su plantilla. Suprimieron planes de apoyo a alumnos con problemas, redujeron becas… Decidieron contratar a profesores extranjeros, sin oposiciones ni titulaciones específicas, porque desprecian la formación de sus propios profesores. Dieron todas las facilidades para que creciesen nuevas universidades privadas propiedad de la iglesia o de empresas sin ninguna pretensión educativa, ni docente, ni académica, ni investigadora. Estrangularon el trabajo de los universitarios a través de agencias de “calidad” basadas en criterios importados del funcionamiento de las empresas privadas. Fueron después reduciendo los presupuestos de las universidades, con la coartada de la crisis (no nos engañemos, es una coartada, dinero hay para lo que quieren), subieron las tasas a los estudiantes hasta el punto de que un máster puede costar más en la pública que en la privada (es fácil saber a quién le favorece eso).
Hasta ahora, un profesor de filosofía tenía que presentarse varias veces a las oposiciones de enseñanza media y estar muchos años de un instituto a otro impartiendo en el peor de los casos una mayor parte de docencia en asignaturas ajenas a la filosofía y, en el mejor, la ética de cuarto de ESO o las diferentes versiones de educación constitucional o ciudadanía. Muchos años después podría quizá impartir filosofía e historia de la filosofía en bachillerato, e incluso ser funcionario y tener una plaza estable en un instituto determinado. Hoy, al que es ya funcionario le han aumentado el número de horas de clase, la permanencia en el centro, le han bajado el sueldo y, además, quizá no pueda seguir impartiendo filosofía; y el que no es funcionario apenas tendrá posibilidades de nada. Un estudiante de filosofía siempre ha entrado en la facultad cargado solamente de pasión por el saber, sabiendo de sobra que no sería precisamente un futuro de éxitos y riquezas economicas el que se le abriría. Muchos deseaban, de todos modos, poder ser profesores, dedicarse a acompañar a otros en su formación y sus incertidumbres. Pero en los últimos años apenas se convocan plazas y cientos de interinos están en la calle. En el anteproyecto de reforma de las enseñanzas medias que se presentó en julio, el Ministerio de Educación eliminaba una de las tres materias de contenido específicamente filosófico: la ética de cuarto de ESO. Lo han corregido: en el anteproyecto que se presentó en diciembre, se elimina también la historia de la filosofía de segundo de bachillerato. Las dos quedan ahora como optativas junto a decenas de materias; formaban parte de la personalidad de nuestros estudios desde hace décadas. Los alumnos que no hagan bachillerato probablemente nunca sabrán siquiera de qué va eso de la filosofía. Se crea, a cambio, una cosa llamada “valores éticos” como alternativa a la religión, con lo que se da satisfacción a las demandas de la conferencia episcopal y se plantea una alternativa absurda (algo así como elegir entre el mito y el “logos”), como si los valores éticos solamente importasen para quienes no militan en religión alguna. Para quienes no estén familiarizados con el tipo de cuestiones que se trataban en las asignaturas que se suprimen, anotemos que se trata de temáticas tan “poco importantes” como la libertad, el sentido de la existencia humana, la autonomía del ciudadano en el mundo moderno,los modos de argumentación racional, los límites del conocimiento científico o la fundamentación de los discursos morales. Obviamente, plantearse estos problemas no resulta solamente inútil para un mundo de pseudoempresarios que buscan beneficio rápido en términos de aumento inmediato de capital (y que por supuesto serán rescatados por el Estado si tienen problemas dentro de esta democracia corrupta): resulta también contraproducente. Los valores éticos no cotizan en el mercado de valores; la fundamentación de la libertad y los razonamientos propios de una ciudadanía responsable constituyen preocupaciones que obstaculizan tener fe en los sacrosantos objetivos de déficit o en la imperiosa inevitabilidad del rescate a los bancos y en la evitabilidad del rescate a los desahuciados.
Nietzsche, contemplando las reglas de las instituciones educativas de su tiempo y la actuación de sus gestores, se horrorizaba “ante esa suprema pobreza intelectual y esa danza en círculo tan torpe”. Hoy podemos constatar, también, que el pensamiento de quienes planifican la educación es pobre, simple: se marca un fin inmediato y mediocre, que siempre casualmente coincide con un beneficio dinerario para los del mismo entorno, y después pone los medios más burdos para llevar a esos fines. No piensan, por tanto: solamente calculan. No hay matices, argumentos mínimamente elaborados; para comprobarlo basta leer los preámbulos de los anteproyectos educativos, el último de los cuales, después de las consabidas apelaciones a la eficacia, la competitividad y demás, afirma con una profundidad patética que todos los alumnos tienen un talento y la educación está para que lo desarrollen, es decir, la verborrea más típica del sueño conseguido en boca de quienes precisamente se están haciendo expertos en destrozar todos los sueños. Su pensamiento es pobre y temen un pensamiento elaborado y una acción comprometida: temen que se muestren matices, que se planteen alternativas, que se subrayen diferencias y, de ese modo, se cuestione ese edificio plúmbeo de pensamiento único especializado en amedrentar y buscar la pasividad de los ciudadanos.
Han puesto, pues, sus manazas del modo más grosero en la más delicada de las técnicas, la de educar, porque educar en general, y educar concretamente en filosofía, implica siempre cuestionar de entrada los modos de educación y las instituciones de enseñanza, pero también y sobre todo los intereses de los poderes inconfesables que quieren utilizar la educación para sus pobres y limitados fines."
Artículo: “Ni piensan ni quieren que pensemos”
Fernando Rampérez
Vozpopuli. 28 de Enero de 2013
Fuente: http://www.vozpopuli.com/blogs/2106-fernando-ramperez-ni-piensan-ni-quieren-que-pensemos




FILOSOFÍA. ARGUMENTAR ES MÁS QUE OPINAR. ÁNGEL GABILONDO

Cuando alguien argumenta algo, nos toma en serio. Y se agradece. Porque argumentar es ofrecer razones que tienen en cuenta no sólo de qué se trata, sino con quién se habla. No para decir exclusivamente lo que el otro quiere oír, sino para tener presente su inteligencia y su sensibilidad.
Pero todo resulta acuciado por la prisa. No hay espacio ni tiempo, no sólo que perder sino apenas que ganar. El espacio y el tiempo parecen arrasados. Nada de demorarse. Y para colmo de despropósitos, llamamos “rodeos” a los argumentos. Importa la opinión, la posición y se desatienden las razones. En tal caso, la polémica no es la controversia entre ellas, sino el choque frontal de las posiciones. Y no está mal que se encuentren, pero esgrimiendo los argumentos. Y en el festín de los topetazos, el cuidado se considera tibieza. Para tal faena de exhibición bastan unas dosis de prejuicios, una somera información, algunos tópicos, con los correspondientes intereses, para proponer certezas supuestamente incontestables. Eso sí, y para airearlas con firmeza.
Lo que ocurre es que no pocos asuntos, muchos de especial relevancia, se desenvuelven en el terreno de lo discutible, de lo debatible, de lo que puede ser de una u otra manera. Y entonces se trata de decidir para elegir lo más razonable. Ello defrauda a los partidarios de verdades incontestables, aquellas que incluso ya se las saben de antemano y que no buscan más que la adhesión. En tal caso no cabe una efectiva conversación.
No basta persuadir, hay que convencer. Y aquí no es suficiente con estar convencido, lo que ya es una conquista, hay que ser convincente. Se argumenta para alguien. Los argumentos no tratan de imponerse, se ofrecen. La capacidad de conmover, de deleitar y de convencer requiere sus argumentos, no necesariamente convencionales. Su olvido propicia un enorme deterioro, personal, social y político, e impide el efectivo diálogo y la imprescindible comunicación."

Extracto del artículo “Argumentar es más que opinar”. Ángel Gabilondo.
http://blogs.elpais.com/el-salto-del-angel/2012/02/argumentar-es-m%C3%A1s-que-opinar.html

miércoles, 16 de mayo de 2012

FILOSOFÍA. JEAN PAUL SARTRE. EL EXISTENCIALISMO ES UN HUMANISMO.


“Éste es el punto de partida del existencialismo: ... el hombre está abandonado, porque no encuentra en sí ni fuera de sí una posibilidad de aferrarse. No encuentra ante todo excusas... Dicho de otro modo: no hay determinismos, el hombre es libre, es libertad. Es lo que expresaré diciendo que el hombre está condenado a ser libre. Condenado porque no se ha creado a sí mismo y sin embargo, por otro lado ... libre, porque una vez arrojado al mundo es responsable de todo lo que hace. El existencialista no cree en el poder de la pasión. No pensará nunca que una bella pasión es un torrente devastador que conduce fatalmente al hombre a ciertos actos y que, por consecuencia, es una excusa; piensa que el hombre es responsable de su pasión.
(...) En estas condiciones lo que se nos reprocha no es en el fondo nuestro pesimismo sino una dureza optimista. Si la gente nos reprocha las obras novelescas en que describimos seres flojos, débiles, cobardes y alguna vez francamente malos, no es únicamente porque esos seres sean flojos, débiles, cobardes o malos; porque si, como Zola, declaráramos que son así por herencia, por la acción del medio, de la sociedad, por un determinismo orgánico o psicológico, la gente se sentiría segura y diría: ‘bueno, somos así y nadie puede hacer nada’; pero el existencialista, cuando describe un cobarde, dice que el cobarde es responsable de su cobardía. No lo es porque tenga un corazón, un pulmón o un cerebro cobarde; no lo es debido a una organización fisiológica, sino que lo es porque se ha construido, se ha hecho cobarde con sus actos. Lo que la gente siente oscuramente y le causa horror es que el cobarde que nosotros presentamos es culpable de ser cobarde. Lo que la gente quiere es que se nazca cobarde o héroe. Esto es lo que la gente quiere pensar: si se nace cobarde, se está perfectamente tranquilo, no hay nada que hacer; se será cobarde toda la vida, hágase lo que se haga; si se nace héroe, también se está perfectamente tranquilo, se será héroe toda la vida, se beberá como héroe, se comerá como héroe. Lo que dice el existencialista es que el cobarde se hace cobarde, el héroe se hace héroe; hay siempre una posibilidad para el cobarde de no ser cobarde y para el héroe de dejar de ser héroe.”
J.P. SARTRE,
“El existencialismo es un humanismo"

lunes, 17 de octubre de 2011

FILOSOFÍA. SOBRE LA MUERTE

SOBRE LA MUERTE

TEXTO 1:

   “El conocimiento de la muerte, la certeza y premonición de la muerte arroja una sombra ambigua sobre nuestra conciencia de la vida. Por un lado, añade urgencia y seriedad a la vida. Cada evento y episodio de nuestra vida se vuelve único, urgente y en cierto modo sagrado. Por otro lado, subraya la futildad de cuanto pretendemos y anhelamos.”

TEXTO 2:

  “ La vida es un estado excepcional de desequilibrio termodinámico, de separación de la corriente principal de la realidad. La muerte es la vuelta al equilibrio, a la normalidad. La individualidad del ser vivo se construye sobre el desequilibrio con el entorno, es difícil de mantener, improbable y frágil. La muerte es el colapso de la individualidad, el retorno a la unidad, al equilibrio, al origen, al estado de indistinción previo a la existencia. Los seres vivos somos espuma efímera y olas fugaces del profundo océano de la realidad.
   La muerte es la pérdida de la individualidad y el retorno a los flujos universales de la materia y la energía, la fusión con el entorno y con el resto del Universo. Tras la muerte, ya no somos nosotros, pues nos hemos hecho uno con el Universo. En cierto sentido, subsistimos, pero no como nosotros, sino como el todo, como el Universo” (La naturaleza humana. Jesús Mosterín)

TEXTO 3:

“ Todo miedo es malo y debería ser superado no mediante cuentos de hadas, sino mediante el coraje y la reflexión racional. Creo que cuando me muera, me pudriré y nada de mi yo sobrevivirá. No soy joven, y amo la vida. Pero desdeño temblar con terror ante la idea de la aniquilación. La felicidad no es menos auténtica porque un día deba acabarse, y el pensamiento y el amor no pierden valor porque no duren eternamente” (Bertrand Russell, What I believe)

  1. SEÑALA LA IDEA PRINCIPAL Y EL RESTO DE IDEAS EN TODOS LOS TEXTOS. DESARROLA TU OPINIÓN HACIENDO UNA REFLEXIÓN

FILOSOFÍA. CARACTERÍSTICAS Y FUNCIONES DE LOS MITOS Y RELIGIONES

TEXTO 1:

“El hombre crea a su imagen y semejanza demonios, dioses y santos, a los cuales se complace en ofrecer luego constantes sacrificios, oraciones, ornamentos de iglesia, votos, peregrinaciones, salutaciones, adornos suntuosos, etc… Su culto se confunde con la realidad hasta el punto de que acaba por eclipsarla. Los acontecimientos de la vida son considerados como obra de esos seres, el comercio con ellos ocupa la midad de la existencia, mantiene constantemente la esperanza, y llega a ser muchas veces, por la fuerza de la ilusión, más interesante que el de las criaturas reales. Aquí encuentran su expresión y símbolo las dos necesidades del hombre: la de ayuda y protección, y la de ocupación y entretenimiento; y si muchas veces perjudica al primero de estos fines, derrochando su caudal inútilmente en ofrendas y sacrificios cuando le ocurre una desgracia o se le presenta algún peligro, en vez de invertir su energía en apartar el mal, en cambio satisface mejor la segunda necesidad, por medio de las relaciones fantásticas con el mundo de espíritus que se ha forjado: tal es el beneficio que nos proporcionan las supersticiones, beneficio que no es de desdeñar.” (Arthur Schopenhauer)



TEXTO 2:

         “La religión es el único medio que permite revelar y hacer sensible el alto significado de la vida al tosco sentir y al inculto intelecto de las masas, completamente inmersas en viles preocupaciones y en el trabajo material. Pues el ser humano, tal y como es por regla general, originariamente no tiene interés más que por la satisfacción de sus propias necesidades y apetitos, y, por tanto, sólo por las distracciones y las diversiones. Fundadores de religiones y filósofos vienen al mundo con el fin de arrancarlo de su estado de aturdimiento e indicarle el alto significado de su existencia. Los filósofos son para los pocos, para las excepciones, mientras los fundadores de religiones lo son para los muchos, para la humanidad en general. Pues “es imposible que la masa ame la sabiduría”, como ya lo dijo Platón. La religión es la metafísica del pueblo que debe serle dejada absolutamente, y mostrar respeto por ella externamente, pues el desacreditarla significaría quitársela al pueblo. Del mismo modo que existe una poesía del pueblo y, en los proverbios, también una sabiduría del pueblo, así debe haber una metafísica del pueblo, pues los seres humanos tienen necesidad absoluta de una interpretación de la vida, y ella deber ser adecuada a su capacidad de comprensión. Por ello, la religión es siempre un revestimiento mítico-alegórico de la verdad, y, desde el punto de vista práctico y sentimental, o sea como directiva para la acción y como bálsamo y consuelo en el sufrimiento y en la muerte, ofrece, aunque tal vez de otro modo, todo lo que la verdad misma podría ofrecer si estuviésemos en posesión de ella.(….)

(…), la religión es la verdad expresada alegóricamente o en mitos, y por este medio hecha accesible y digerible para la humanidad en general, pues en estado puro la verdad no podría ser nunca soportada por los seres humanos, del mismo modo que no podemos vivir en una atmósfera de oxígeno puro sino que nos es necesaria una mezcla de cuatro quintos de nitrógeno. Y hablando ya sin imágenes: el sentido profundo, el elevado objetivo de la vida pueden ser desvelados y predicados al pueblo sólo simbólicamente, pues el pueblo no es capaz de captarlos en su sentido verdadero y propio. En cambio, la filosofía debe ser para pocos, para los elegidos.” (Arthur Schopenhauer)




TEXTO 3:

“No debes perder de vista que la necesidad metafísica del hombre requiere imperiosamente ser satisfecha, pues el horizonte de sus ideas debe estar circunscrito no pudiendo quedarse sin unos límites determinados. Ahora bien, por regla general, el ser humano no posee el juicio necesario para sopesar las razones y decidir entre la verdad y el error: el trabajo que le imponen la naturaleza y sus necesidades no le deja tiempo para semejantes investigaciones, ni para la cultura que presuponen. Por eso la cuestión para él no puede ser alcanzar una convicción fundada en razones, sino que está obligado a creer en base a la autoridad. Incluso si una filosofía realmente verdadera hubiese tomado el lugar de la religión, sería aceptada por al menos nueve décimas partes de los seres humanos sólo por la fuerza de la autoridad, y por tanto de nuevo se trataría de una cuestión de fe. Siempre conservará su verdad el dicho de Platón: “Es imposible que la masa ame la sabiduría”. La autoridad, sin embargo, se afirma sólo con el tiempo y con ayuda de las circunstancias. Por tanto no estamos en disposición de conferir autoridad a aquellas cosas que se fundan únicamente razones (…) Por ello las verdades que se basan en la autoridad van dirigidas a la necesidad de teorías que el ser humano necesita para entender el enigma de su existencia y buscar algo que  permanezca inmutable, siendo fundamento del continuo cambio de la naturaleza.

        Por tanto, esas verdades se dirigen a la voluntad, al miedo y a la esperanza de los mortales que viven en una continua aflicción. Crean para ellos dioses y demonios a los que pueden invocar, aplacar o conquistar. En fin, se dirigen también a su conciencia moral, cuya existencia no se puede negar y a la que confieren desde fuera confirmación y apoyo, un sostén sin el que la conciencia moral difícilmente podría mantenerse en pie en la lucha contra tantas tentaciones. Justo en ese sentido, la religión, en medio de los grandes e innumerables sufrimientos de la vida, ofrece una fuente inestimable de consuelo y de paz, y tampoco abandona al hombre en la hora de la muerte, desplegando entonces toda su eficacia. La religión se parece, pues, a alguien que toma de la mano y guía a un individuo ciego por dónde éste no puede ver, siendo lo único importante que consiga llegar a su meta y no que lo vea todo.” (Arthur Schopenhauer)






TEXTO 4:

         “(…) para el ser humano lo más importante es la coincidencia de las opiniones metafísicas fundamentales;  lo es hasta el punto de que una comunidad verdadera y perdurable es posible sólo con individuos que sean conscientes de tales opiniones. Como consecuencia de este hecho, los pueblos se identifican y se diferencian sobre todo por su religión y no tanto por sus respectivos gobiernos o en función de la lengua que hablen. Es por lo que el edificio de la sociedad, el Estado, alcanza su perfecta solidez sólo cuando un sistema de metafísica universalmente reconocido le sirve de fundamento. Se sobreentiende que sólo puede ser un sistema tal una metafísica popular, o sea, una religión. Este sistema se funde con la constitución estatal y con todas las manifestaciones de la vida común del pueblo, así como con todos los actos solemnes de la vida privada. Así sucedía en la antigua India y también entre los persas, los egipcios, los hebreos, los griegos y los romanos, e incluso hoy entre los pueblos que siguen el Hinduismo, el Budismo y el Islam.” (Arthur Schopenhauer)




TEXTO 5:

       “Los motivos religiosos por sí mismos impiden con frecuencia los delitos. Tú sólo no eres capaz de darte cuenta de la gran limitación de los espíritus no refinados: el espectáculo muy siniestro, particularmente si, como sucede también con frecuencia, su fundamento es un corazón malo, injusto y perverso. Semejantes individuos, que constituyen la mayoría del género humano, deben ser guiados y frenados en lo posible aunque sea mediante motivos realmente supersticiosos, en tanto no sean capaces de guiarse por otros más justos y mejores. (…) Pensemos, por ejemplo, en el juramento, en el que la religión ejerce una influencia decisiva. (…), las convicciones religiosas son el medio para despertar y evocar la naturaleza moral del individuo. ¡Cuántas veces no ha sucedido que fuesen aceptados primero falsos juramentos que, en el momento decisivo, eran improvisadamente retirados y la verdad y el derecho lograban la victoria!” (Arthur Schopenhauer)

  1. DISCRIMINA CARACTERÍSTICAS Y FUNCIONES DEL PENSAMIENTO MÍTICO DE LOS TEXTOS ANTERIORES.
  2. PLANTEA CUESTIONES, DEBATES, REFLEXIONES PARA PROVOCAR EL PENSAMIENTO E INTENTA RELACIONARLO CON LA ACTUALIDAD Y CON LOS TEMAS QUE CREES QUE PUEDAN INTERESAR A TUS COMPAÑEROS