Pero todo resulta acuciado por la prisa. No hay espacio ni tiempo, no sólo que perder sino apenas que ganar. El espacio y el tiempo parecen arrasados. Nada de demorarse. Y para colmo de despropósitos, llamamos “rodeos” a los argumentos. Importa la opinión, la posición y se desatienden las razones. En tal caso, la polémica no es la controversia entre ellas, sino el choque frontal de las posiciones. Y no está mal que se encuentren, pero esgrimiendo los argumentos. Y en el festín de los topetazos, el cuidado se considera tibieza. Para tal faena de exhibición bastan unas dosis de prejuicios, una somera información, algunos tópicos, con los correspondientes intereses, para proponer certezas supuestamente incontestables. Eso sí, y para airearlas con firmeza.
Lo que
ocurre es que no pocos asuntos, muchos de especial relevancia, se desenvuelven
en el terreno de lo discutible, de lo debatible,
de lo que puede ser de una u otra manera. Y entonces se trata de decidir para
elegir lo más razonable. Ello defrauda a los partidarios de verdades
incontestables, aquellas que incluso ya se las saben de antemano y que no
buscan más que la adhesión. En tal caso no cabe una efectiva conversación.
No basta persuadir,
hay que convencer. Y aquí no es suficiente con estar
convencido, lo que ya es una conquista, hay que ser convincente. Se argumenta
para alguien. Los argumentos no tratan de imponerse, se ofrecen. La capacidad
de conmover, de deleitar y de convencer
requiere sus argumentos, no necesariamente convencionales. Su olvido propicia
un enorme deterioro, personal, social y político, e impide el efectivo diálogo
y la imprescindible comunicación."
Extracto del artículo “Argumentar es más
que opinar”. Ángel Gabilondo.
http://blogs.elpais.com/el-salto-del-angel/2012/02/argumentar-es-m%C3%A1s-que-opinar.html

No hay comentarios:
Publicar un comentario